martes, 30 de noviembre de 2010

La creatividad: sello de la condición humana

Las ciencias sociales son disciplinas de reciente creación. La primera ciencia de la sociedad: la Sociología, apareció en 1842, con la obra del francés Augusto Comte Curso de filosofía positiva. El primer laboratorio de Psicología científica fue abierto por el alemán W. Wundt, en Leipzig, en 1879. Marx y Engels desarrollaron el Materialismo Histórico-dialéctico para una teoría de la sociedad entre 1864 y 1875. Sigmund Freud creó el Psicoanálisis y lo desarrolló entre 1886 y 1938.

Los aportes de Wilhelm Dilthey fueron fundamentales para el surgimiento de una epistemología propia de las ciencias sociales. Su obra Ciencias del espíritu es un hito en el desarrollo del pensamiento en este campo. La Antropología del belga Claude Lévi-Strauss fue otro aporte esencial para la comprensión de la cultura humana en las dimensiones social e individual. Precisamente, sobre una de sus tesis centrales voy a tratar en este comentario: la universalidad del espíritu humano, entendida como el bagaje genético y cultural que heredamos de nuestros ancestros al nacer. Ese insumo esencial, primario, cuya principal expresión es el lenguaje, es lo que nos permite pensar, ser nosotros mismos; en consecuencia, conocer y comprender el mundo que vivimos y ser funcionales en él.

Al igual que Piaget, Lévi Strauss propuso que el ser humano es portador de un determinante genético invariable que, en condiciones normales, faculta para resolver los problemas propios de la supervivencia y la reproducción de la vida personal y social. Para Vigotski, ese primer insumo determinado y constituido biológicamente, se reconvierte en el nivel cualitativo gracias al desarrollo sociocultural. A partir de nuestro nacimiento somos acreedores de los máximos logros de la evolución biológica y la cultura que nos correspondió por la herencia de nuestros progenitores.

Esto explicaría por qué, bajo circunstancias y condiciones semejantes, el ser humano ha dado respuestas análogas a los mismos problemas. El ejemplo emblemático de esta realidad es la construcción del lenguaje. Ningún grupo humano o civilización pudo existir sin la invención del lenguaje. Como especie social, la Humanidad tuvo la necesidad de desarrollar una estructura lingüística lo suficientemente amplia y “densa” en significados para comunicarse y pensar el mundo. Sobre esa base se construyen la cultura, la percepción de la realidad y la “conciencia de sí”.

Ante las características básicas de la evolución humana, encontramos que el “sello” de nuestro desarrollo es la creatividad y su correlato: la innovación. Algunas civilizaciones acumulan más innovaciones que otras y eso marca diferencias sustanciales en el desarrollo o “progreso” económico. Para Lévi Strauss, una característica de la civilización occidental es la acumulación de innovaciones que contribuyen al avance económico. No obstante, argumentó que había civilizaciones para las que el progreso material o económico no era una prioridad, ni se entendía en el mismo sentido que en Occidente, como era el caso de algunos pueblos denominados “primitivos”.

Si bien el progreso es una característica de la civilización occidental, la historia evidencia que no ha sido un proceso lineal. Hay suficientes registros de avances espectaculares (Antigüedad Griega, Renacimiento), retrocesos (Oscurantismo) y períodos de relativa estabilidad (Modernidad), donde es posible la acumulación de innovaciones. Esta tesis coincidiría con la de Mihály Csíkszentmihályi, que comentamos en una entrega anterior. Su tesis es que la innovación depende de condiciones socioculturales particulares, donde la “creatividad” es promovida y valorada, y existe una infraestructura capaz de convertirla en “innovación”, que luego es accesible a una mayoría de personas por mecanismos de producción y consumo.

El incuestionable avance de la civilización occidental se ha enseñoreado en el mundo Posmoderno y todas las civilizaciones –unas con mayor fuerza, otras menos– se han integrado a la lógica del “progreso” impresa por Occidente. Incluso culturas ancestrales como Japón, China, Taiwán, India, Malasia, Singapur y Vietnam han incorporado la tesis del progreso occidental y sus economías eclosionaron rápidamente en los últimos 50 años, gracias al esfuerzo por crear e innovar. La Globalización, entendida como la expansión de la visión occidental del progreso, basado en una economía de mercado es evidencia de la apuesta mundial por la idea del avance material de Occidente por medio de la innovación (Maidagán, Iñaqui, Garagalza y Arrizabalaga, 2009).

En una próxima entrega comentaré estas tesis en relación con la educación y en ocasión de la conferencia que dictó el Dr. Manuel Castells en el IV Congreso Internacional de Administración de la Educación (15-18 de noviembre de 2010), organizado por la Escuela de Administración Educativa de la Universidad de Costa Rica (UCR). Espero adjuntar el audio de la conferencia gracias a la colaboración técnica y a la cortesía de Radio Universidad, de la UCR.

Referencias bibliográficas 

Maidagán, María Jesús, Iñaqui, Ceberio, Garagalza, Luis y Arrizabalaga, Gotzon. (2009). Filosofía de la innovación. El papel de la creatividad en un mundo global. Madrid: Plaza y Valdés.

domingo, 31 de octubre de 2010

Creatividad e innovación: relaciones y diferencias

Como comentamos en entregas anteriores, la creatividad ha ganado interés en diversos ámbitos de la sociedad contemporánea, particularmente, en el campo de la educación. En la Sociedad de la Información y el Conocimiento (SIC) la producción de ciencia y tecnología se volvió crucial para dar sostenibilidad a un concepto nuevo de desarrollo económico, basado en la innovación e invención de productos y servicios para ampliar y abrir nuevos mercados. De ahí, la relación que se estableció entre creatividad e innovación, en particular, en el sector productivo. Desde la segunda mitad del siglo XX, las grandes empresas y los diferentes sectores industriales relevantes invierten cantidades importantes de dinero en Investigación y Desarrollo (I+D), pues de ello dependen sus ganancias y posicionamiento en el mercado global.

La palabra innovar, etimológicamente, procede del latín: innovāre, y significa “mudar o alterar algo, introduciendo novedades”. La innovación tiene como objetivo o finalidad generar transformaciones en procesos, cosas, productos, procedimientos, artefactos, mentefactos, servicios, entre otros. Por esta razón, requiere del concurso de sistemas sociales que favorezcan la generación de esas transformaciones, en situaciones concretas; es decir, implica un contexto que ofrezca las condiciones financieras, materiales, organizativas y socioculturales necesarias para la producción de nuevos conocimientos y sus aplicaciones comerciales (Maidagán, Ceberio, Garagalza, Arribazalaga, 2009).

Por sus características, la innovación es costosa; pero, como contraparte, abre posibilidades casi inmediatas de recuperación de la inversión. De hecho, la clave del éxito en la economía contemporánea es C+T+i (Ciencia + Tecnología + innovación). Los países que invierten más en ciencia y tecnología, tienen mayores probabilidades de generar innovación. Las diferencias en inversión en estos rubros tienen consecuencias… Observen los siguientes datos:

[La inversión en C+T+i en] Estados Unidos es el 2,8% del PIB; en Japón el 3%; en la Unión Europea el 2,3%; en China el 2%, en Israel el 4%; en Corea y Singapur el 3%. Incluso, en Latinoamérica, Chile tomó la decisión de pasar del 0,7% al 1%, y Brasil, que en 2006 llegó al 1,2%, invertirá 28.000 millones de dólares hasta el 2010 para alcanzar el 1,5%. (Referencia)


En nuestro país, un estudio del Ministerio de Ciencia y Tecnología (MICIT) reveló que en 2006 se invirtió 1,26% y en 2007 1,24% del PIB. En ese último año equivalió a 326,87 millones de dólares, que se distribuyeron de la siguiente forma: "El sector académico se destaca como el de mayor inversión en actividades científicas y tecnológicas, con 58,8%; mientras que el área pública representó 22,4%, el sector privado 15,3% y las organizaciones sin fines de lucro 3,4%" (Referencia).

No obstante, según ese mismo informe, para esos años la inversión en I+D fue de 0,39% y 0,32% respectivamente, lo que indicaría que todavía estamos en franca desventaja frente a los países desarrollados. Máxime si se considera el monto del PIB real de ellos frente al nuestro; por ejemplo, el PIB estimado para Estados Unidos en 2007 fue de $13,160,000,000,000 y el de Costa Rica sólo de $21,390,000,000 (Referencia).

Así las cosas... si tomamos en consideración las dos entregas anteriores de este blog, debemos concluir que innovación y creatividad no son lo mismo, pese a que se relacionan. De hecho, la invención está más vinculada a la creatividad como tal, porque depende en mayor medida de la actividad individual que de la infraestructura creada para la innovación (Velasco, 2007).

Es de esperar que quienes hacen grandes inversiones en I+D consideren seriamente a qué tipo de personas contratan para ello. Personas profesionales de alto nivel, con posgrado y reconocidos méritos en investigación son candidatas típicas para puestos de esa naturaleza.

Desde esta perspectiva, a qué nos referimos en educación cuando hablamos de promover la creatividad y la innovación en las aulas... ¿Qué significan "creatividad" e "innovación" en el ámbito educativo? ¿Qué opinan?


Referencias bibliográficas

Maidagán, María, Caberio, Iñaki, Garagalza, Luis y Arrizabalaga, Gotzon. [Eds.]. (2009). Filosofía de la innovación. El papel de la creatividad en un mundo global. Madrid: Plaza y Valdés.

Velasco, Patricia. (2007). Psicología y creatividad: una revisión histórica (Desde los autorretratos de los genios del siglo XIX hasta las teorías implícitas del siglo XX). Caracas: Universidad Central de Venezuela.