lunes 9 de mayo de 2011

Emociones, inteligencia y creatividad

Conforme avanza la investigación en neurociencias y comprendemos el funcionamiento del cerebro, se esclarecen enigmas que le robaron el sueño a filósofos y científicos de todos los tiempos. Entre ellos, las emociones y el papel que juegan en el desarrollo de la vida y la toma de decisiones, se explicó con claridad hasta en la segunda mitad del siglo XX, gracias a los descubrimientos sobre las funciones y conexiones del cerebro. Al respecto, les recomiendo el artículo de Vicente M. Simón, titulado: La participación emocional en la toma de decisiones. En sólo doce páginas y en un lenguaje fácil de comprender, este autor expone los descubrimientos del funcionamiento del cerebro y las complejas redes que entrelazan las partes relacionadas con las emociones y el procesamiento de la información de naturaleza emocional: la amígdala, el hipocampo y los lóbulos frontales.








Pese a que hoy tenemos un panorama claro sobre el fenómeno neurofisiológico y funcional de las emociones, ya en la primera mitad del siglo XX teóricos como Piaget y Vigotski analizaron la importancia de las emociones en la cognición y la conformación de la “mente”. De igual modo, Freud descubrió que ellas tienen un impacto profundo en nuestra psique y que nos marcan para siempre con su huella de dolor, placer y miedo. Ante estos descubrimientos y marcos explicativos hoy es innegable que existe una relación directa entre emoción y cognición y, en consecuencia, entre aprendizaje y emociones. Este es uno de los descubrimientos más relevantes sobre el comportamiento humano y sus alcances en el campo de la Educación empiezan a ser abordados con seriedad e interés al interior de la comunidad científica.

Pese a que estos descubrimientos no son nuevos, la educación surgió en la Era Industrial bajo el supuesto de la racionalidad científica e instrumental que prevaleció en ese período y se instauró como forma de pensamiento dominante. Como resultado del culto a la ciencia moderna, las emociones fueron “extirpadas” del escenario educativo en general y del universitario en particular. Los buenos docentes eran los más inhumanos y fríos con sus estudiantes, y los mejores estudiantes eran aquellos capaces de sobrevivir al trato cruel, arbitrario y excesivamente riguroso de sus profesores. Como verán, el enfoque actual de la formación profesional en algunas escuelas y facultades universitarias no es casualidad, sino que procede de esa visión distorsionada de las emociones y de su rol en los procesos de pensamiento.

Hoy sabemos que el pensamiento es estratégico y que las emociones juegan un papel esencial en la toma de decisiones. La capacidad humana de tener “recuerdos del futuro”; es decir, de imaginar diversos escenarios posibles y de evaluarlos racionalmente con base en la marca emocional que provocaron en el pasado, nos permite tomar decisiones sobre cuál es el mejor curso de acción.

Si el pensamiento es estratégico y funciona con base en la evaluación racional y emocional de escenarios o cursos de acción posibles, entonces, la solución de problemas o enigmas podría seguir una ruta similar. La creatividad no es más que la capacidad humana de ensayar posibilidades, anticipar eventos, probar cursos alternativos de acción y de suponer distintos escenarios para hechos conocidos o imaginados. Abrir espacios para el comportamiento creativo en educación supone contextos flexibles y favorables a la imaginación, donde estudiantes y docentes cuenten con las condiciones para recrear el conocimiento teórico y práctico, y evaluarlo en sus implicaciones racionales y emocionales.

Tal cosa requeriría de entornos educativos coherentes con la naturaleza de la mente y el comportamiento humano, donde se comprenda y tolere que no existan verdades absolutas ni formas únicas para hacer las cosas… Donde el profesorado no lastime a sus estudiantes porque no entienden en el tiempo previsto o tienen respuestas mejores, pero distintas a las que estipula el libro de texto. Donde el estudiantado no tenga que sufrir para aprender, y el placer por enseñar y formarse regrese a las aulas.

Como hemos comentado en entregas anteriores de este blog, el juego presupone el comportamiento creativo que caracteriza nuestra especie; quizá por esa razón a todos nos gusta jugar y nuestras experiencias de juego nos marcan porque nos hacen sentirnos felices, emocionados, frustrados, desafiados, vencedores y vencidos. No importa cómo nos sintamos, generalmente salimos gratificados de nuestras experiencias de juego y algo nuevo aprendemos para ser mejores jugadores en el futuro. Supongo que les habrá pasado a ustedes: no hay nada más honroso y gratificante que perder ante un mejor contendor o ganarle a un gran oponente.

¿Qué les parece? ¿Qué tendríamos que hacer en educación para recuperar el rol de las emociones en la cognición, la enseñanza y el aprendizaje?

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Flora Salas

Me llamo Flora Eugenia Salas Madriz y soy educadora. En 1994 empecé a trabajar como profesora en Estudios Generales de la Universidad de Costa Rica y debido a que me gradué en Filosofía, desde mis primeros años como docente tuve la oportunidad de impartir algunos cursos para la Facultad de Educación relacionados con mi especialidad. También, participé en la formación de Psicólogos en la Universidad Centroamericana de Ciencias Sociales. El contacto con la formación de profesionales en Educación y Psicología me motivó a estudiar ambas disciplinas. ver más>>

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